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El estornudo de un estornino. Haikus de la ventana. Entrega 4

 

La brisa sopla…
un cimbrear de álamos;
lejos: viajeros.


Por el terrado

una salamanquesa
tras un insecto.


La flor de un día

hoy le hace compañía
a un viejo cactus.


Blusa tendida:

ofrece sus colores
en sacrificio.

 

la-flor-de-un-dia

La flor de un día/ hoy le hace compañía/ a un viejo cactus.

 

CONTINUARÁ…

©Emilio Ramón Pérez López

 

Comentarios sobre la tercera entrega

El primer haiku de esta serie de 4 fue uno de los primeros que escribí un 27-8-16. Originalmente era más imperfecto, menos ortodoxo, pues apenas conocía las reglas del haiku ni tampoco cómo saltármelas cuando hubiera de hacerlo. Decía así:


El viento sopla,
los árboles saludan
a los viajeros.

 

Con el tiempo me fui dando cuenta de algo importante: mis haikus empezaban a resultar muy parecidos unos de otros al ver escritos ya unos cuantos. A mejorarlos me ayudaron la práctica, las lecturas de los grandes haijins japoneses y las sugerencias del maestro Fernando Rodríguez-Izquierdo en los clásicos que tradujo y comentó para la editorial Satori.

 

Satori

La palabra antes mencionada como nombre de la conocida editorial de cultura japonesa significa «comprensión». Se refiere al momento en el que se alcanza el vacío más allá de la mente, logrando entrar en una dimensión espiritual en conexión con nuestro ser verdadero. Satori, en el budismo zen, podría ser equivalente a la palabra «iluminación».

Como ya comenté en »Acerca de Suikawari», fue en uno de estos momentos místicos cuando comprendí por fin qué querían decir los versos del llamado poeta zen Matsuo Basho. Qué era el haiku en su esencia, y cómo a través de la contemplación se podía llegar a ese sentimiento de unidad que trasciende la dualidad.

Quien me lea puede pensar que me considero un iluminado, pero nada más lejos de la realidad, me queda mucho humano que recorrer todavía. Muchos pasos adelante, y otros tantos atrás. La cosa no es tan fácil ni se pretende.

 

Seres con nombres propios

Tras varias decenas de haikus, en los que ya había usado las palabras »viento» o »árboles», decidí hacerle caso a los maestros del género y buscar apelativos más específicos para designar lo que veía.

Hasta el momento no me había parecido importante si el árbol era un sauce, un álamo o una mimbre llorona. Y ahí estaba teniendo que enfrentarme a un nuevo nivel de consciencia. Porque de pronto los árboles empezaban a ser algo más que árboles para mí; empezaban a tener su propia personalidad, olor, colores… Empezaban a parecerse, a reflejarme y a recordarme a mí mismo con su presencia.

Lo mismo empezó a suceder con las plantas y hierbas del camino. Y con los pájaros que, aparte de pájaros, podían ser pájaros negros, y más allá de pájaros negros, estorninos, mirlos, cuervos, etc, etc.

 

Una nueva dimensión

Una nueva dimensión se abría más allá de mi ego cegato al que aquello le había parecido poco más que un mero decorado durante toda una vida de sueño e inconsciencia.

Cuantas más especies iba observando en los distintos reinos más poderosa se hacía la sensación de conexión y unidad con todo lo que veía. Satori debía de ser aquella sensación, me decía muchas veces.

 

Reescribiendo un haiku

Una vez comprendido todo esto empecé a probar y a retocar poemas como el comentado. Y esta fue su segunda versión.

Aquí el viento, que es una energía que en castellano parece más masculina, dejaba paso a un viento suave y a una palabra femenina: la brisa. El movimiento original del momento en el que escribí aquel verso quedaba mejor expresado con la palabra »brisa». Ahora, al unir »brisa-sopla» las eses añadían una sensación de sinestesia que aportaba más valor al haiku. La brisa, además de sentirse en la piel, podía sonar también.


La brisa sopla,
los álamos saludan
a los viajeros.

 

Los álamos, árboles muy presentes en la Vega descrita en este libro desde esa ventana, ya localizaban y describían mejor el paisaje. Aunque el momento de inspiración del poema fue en tierras de Cádiz, lo adapté a mis necesidades integrándolo en Cenes. Y finalmente, en una tercera versión así quedó defintivamente:


La brisa sopla…

un cimbrear de álamos;
lejos: viajeros.

 

Un simple verbo…

El verbo »cimbrear» acabó siendo el que me parecía que describía mejor el suave mecerse de las ramas. Poco a poco el jaiku original iba enriqueciéndose con los cambios comentados.

También al quitar el verbo »saludar», —impropio en un jaiku ortodoxo al darle cualidad humana a los árboles (aunque no siempre me ciña a esta regla)—, dejaba el poema en pura contemplación. Libre de juicio o apreciación. Pura descripción neutral. Acercándome a la más pura esencia del haiku. Los expertos en el tema podrán juzgar si lo logré o no.

En el aspecto rítmico, al añadir los puntos suspensivos y el punto y coma, el tiempo se detenía, la imagen parecía ir a cámara lenta. Cuántos detalles aparentemente nimios pueden modificar una impresión…

Finalmente, el incluir el adjetivo »lejos», despegaba a los álamos de los viajeros, que antes estaban como en el mismo encuadre, y daba profundidad al cuadro.

 

De lo grande a lo pequeño

El segundo jaiku fue uno de los que más gustó a una chica japonesa que en principio iba a ilustrar el libro. Le gustó porque le sugería, con esa salamanquesa yendo detrás de un insecto, el acto de observación que contiene el haiku, que nos lleva a acercarnos como un zoom a los pequeños detalles.

 

Licencias poéticas

En el tercer jaiku me salté a la torera la regla del jaiku canónico que dice que no debe tener rima. Y es que no la busco nunca cuando escribo en este género, pero si aparece y me gusta el resultado, me tomo la licencia como en este caso.

Siguiendo con las licencias, el cuarto jaiku sería el menos ortodoxo, pues cuenta con una apreciación o sensación del observador, que juzga la escena como un sacrificio para la blusa tendida que perderá sus colores al sol. Aun consciente de ello, y hablando de sacrificios, a veces sacrifico la ortodoxia en aras de lo personal, y de ir un paso más allá, arriesgándome a no gustar a los puristas pero quedándome contento y satisfecho por el dejarme llevar.

 

Si quieres leer las entregas anteriores del libro puedes hacerlo desde la etiqueta de El estornudo de un estornino.

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