XXI El Mundo. Carta del Tarot de Marsella Jodorowsky-Camoin. Imagen principal del artículo.

Y el Mundo me dijo una mañana…

Inicio con este texto una serie de lo que voy a llamar Diálogos con el Tarot, en los que tengo la intención de dejar que las cartas del Tarot de Marsella restaurado por Alejandro Jodorowsky y Philippe Camoin en 1997-98 se comuniquen conmigo y me susurren al oído.

Nadie busque, por favor, exactitud en estas palabras ni rigor, porque no lo pretendo.

Del estudio de los arcanos y su práctica me he llenado de significados, imágenes, simbolismo. Ahora en estos textos dialogo con los arquetipos, con la esperanza de que más allá de lo aprendido me revelen algo nuevo, inesperado. O, cuando menos, transformen todo ese bagaje que ya puebla mi inconsciente en poesía, algo que ya me dejaría bastante satisfecho.

 

Hablando con los arcanos del Tarot

Debería seguir bailando porque es lo que me nace. No hay ya en mí rastro de sombra, de miedo, de problema; soy luz enteramente, la luz me rodea en esta danza sin fin.

Ya dejaron que los arcanos les susurrasen antes Alejandro Jodorowsky y Marianne Costa, o Encarna Sánchez y Daniel Rodés, por ejemplo. Yo no quiero ser menos, así que ahí vamos.

Así pues, dejaré los textos tal cual me lleguen, sin tocar, puesto que son inspiraciones, diálogos internos o, en algunos casos, pueden ser canalizaciones.

La intención es dejar la mente a un lado y escribir sin pensar, como hago habitualmente cuando canalizo algún mensaje de mis guías o maestros espirituales o trato de escribir dejándome llevar por la escritura automática, sin dejar que juzgue o valore lo escrito la mente.

Únicamente toco la puntuación, pues escribo sin mirar la pantalla, tal como viene, sin pausas, y luego sí pongo los puntos y las comas para hacer el texto legible y coherente. Entre estas palabras podrán colarse los mensajes de los mencionados guías también si ellos lo consideran necesario o tienen a bien ayudarme en esta tarea.

Puedes leer un poco más sobre este proceso en la página del menú Acerca de Suikawari.

 

Cómo canalizar mensajes de los arquetipos del Tarot

Me concentro con música relajante (habitualmente con sonidos de cuencos tibetanos) y en cuanto asoman las primeras palabras dejo que el mensaje fluya. Pueden colarse el ego, la mente. La desconfianza en la veracidad del mensaje por parte de ese ego que todo necesita controlarlo puede enturbiar la recepción y hacer que el mensaje muestre partes más inspiradas y otras más mentales, aparentes incoherencias, distintos estilos…

A veces sucede, pero cuanto más me entreno en este arte de la canalización mejores resultados obtengo y menos parece que deba ser corregido el mensaje.

En ocasiones los textos son más largos, dependiendo de la fluidez en la conexión, de la concentración, de si provienen de mí o de alguna otra entidad. Y suele ocurrirme que llega un momento en el que siento que hasta ahí llegó, que no hay más que decir. Puesto que no es la mente la que escribe, no busco qué decir, sino que me pongo en un estado receptivo y me lleno de esas palabras hasta que parece que el caño se cierra y el agua deja de manar naturalmente cuando la sed se ha calmado.

No importa pues el de dónde sino el de qué.

Releyendo estas palabras que han brotado sobre la carta número 21 del Mundo no sabría determinar, como a menudo me sucede, la proveniencia del mensaje; pero al no invocar la ayuda de guías es muy posible que en este caso sea mi yo más poético el que haya transformado lo que ya conocía del arquetipo, o tal vez haya tomado también de ese inconsciente colectivo al que aludía Jung.

Mi sentir en el momento actual, lo que pienso o cómo veo las cosas estarán por fuerza presentes muchas veces en esas palabras. Es inevitable puesto que parten de mi interior o son transformadas en él. No importa pues el de dónde sino el de qué. A mí me produce un gran placer observar lo que surge tras estos momentos de conexión y espero que sea de utilidad para otras personas. He aquí lo que la carta del Mundo me contó una mañana tranquila de verano.

 

Y la carta XXI El Mundo me dijo…

Soy la madre de todas las cosas, el padre de todo lo que existe. Nada ni nadie se opone a mi voluntad. Soy la mujer realizada, el hombre completo, ambos en una sola esencia.

Mi laurel es la victoria de la razón sobre la sinrazón; el reino del Padre-Madre que nos aguarda después de un largo camino, duro, pero lleno de experiencias renovadoras, sanadoras; lleno de cuestiones y enigmas resueltos.

Soy el alma encarnada, el alma espiritualizada. En mis manos un cetro mueve el mundo con convicción, en mis senos la leche materna del universo que alimenta la ilusión y la materia. Bailo como en una danza de alegría y gozo perpetua tras haber logrado mi misión y mis objetivos.

Dentro de mi vientre se encuentra la esencia, ya no necesito ropajes puesto que me he hecho consciente de ella. Me desnudo ante el mundo como ejemplo. Como un Cristo en la cruz me ofrezco a los hombres, pura, sin mácula; nada tengo que ocultar pues soy de verdad, pues soy La Verdad.

En el mundo me muevo, el mundo soy, y todo se mueve dentro, en y a través de mí. La pureza de mis manos y de mis labios se trasluce en mis palabras, en mis actos. Debería seguir bailando porque es lo que me nace. No hay ya en mí rastro de sombra, de miedo, de problema; soy luz enteramente, la luz me rodea en esta danza sin fin. A mi alrededor los cuatro elementos son testigo del equilibrio en el que me muevo.

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